Hablamos de una realidad más común de lo que muchos imaginan. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos experimentado situaciones que nos han dejado una huella profunda. Desde la pérdida de un ser querido hasta enfrentar abusos de cualquier magnitud, situaciones de violencia en la niñez, enfermedades propias o de un familiar, o vivir el final de una relación que percibimos como un fracaso…
Todo esto son ejemplos de vivencias que pueden generar un trauma, entendido como una experiencia emocionalmente abrumadora que perturba profundamente la mente y el funcionamiento psicológico de una persona. El cual puede causar heridas a nivel cognitivo, psicológico y físico.
Estudios en neurociencia y psicología han demostrado que el trauma puede afectar la estructura y la función del cerebro, especialmente en áreas relacionadas con el procesamiento emocional, la memoria y el estrés. Por ejemplo, puede estar asociado con cambios en la amígdala y el hipocampo, regiones del cerebro involucradas en la respuesta al miedo y la regulación emocional.
En las consultas de psicología, es común observar una variedad de padecimientos físicos que están relacionados con el trauma. Algunos de los más comunes incluyen:
- Dolores crónicos inexplicables: Muchas personas que han experimentado trauma pueden manifestar dolores crónicos en diferentes partes del cuerpo, como el pecho, el abdomen, la espalda o las articulaciones. Estos dolores pueden no tener una causa física identificable y a menudo persisten a pesar de los tratamientos médicos, puediendo causar incertidumbre, frustración y desesperanza en nuestros pacientes. Otros tipos de enfermedades pueden incluir migrañas, alergias, dermatitis, hipertensión arterial, problemas cardíacos, entre otros.
- Problemas gastrointestinales: El trauma puede afectar el sistema digestivo y dar lugar a síntomas como dolor abdominal, distensión, estreñimiento, diarrea, náuseas y vómitos. Estos problemas gastrointestinales pueden ser una manifestación física del estrés y la ansiedad asociados con el trauma.
- Trastornos del sueño: Se experimentan dificultades para conciliar el sueño o permanecer dormidas durante la noche. Las pesadillas y los despertares frecuentes también son comunes en individuos que han sufrido trauma, lo que puede contribuir a problemas de fatiga y somnolencia diurna.
- Síntomas somáticos: Además de los dolores físicos específicos, algunas personas pueden experimentar una variedad de síntomas somáticos, como ataques de pánico, palpitaciones, mareos, dificultad para respirar, sudoración excesiva, temblores y sensación de opresión en el pecho. Estos síntomas pueden ser percibidos como señales de alerta del cuerpo en respuesta al estrés emocional asociado con el trauma.
¿Y…cómo saber si realmente hemos superado nuestro trauma o por lo contrario, lo hemos enterrado en lo más profundo de nuestro ser?
Desde una perspectiva psicoanalítica, los mecanismos de defensa, como por ejemplo la resistencia, pueden jugar un papel importante en la forma en que enfrentamos el dolor emocional. A veces, minimizamos nuestros sucesos traumáticos para seguir adelante como si nada hubiera pasado. Sin embargo, ignorar el sufrimiento solo perpetúa el dolor inconsciente, pudiendo manifestarse e incluso hacerse más grande con el tiempo a través de una variedad de síntomas psicológicos y físicos.
Afrontar el dolor puede resultar aterrador, ya que implica adentrarse en lo más profundo de nuestro ser, cuestionar nuestra existencia y desafiar creencias arraigadas. Pero es el primer paso para liberarnos del sufrimiento. Mirar de frente al dolor, procesarlo y darle el espacio que merece en nuestras vidas transformándolo en un recuerdo que ya no nos paraliza.
Es importante comprender que cada persona enfrenta el trauma de manera única. Sin embargo, algunos indicadores comunes de un trauma no resuelto pueden incluir lo siguiente:
- Ataques de pánico
Los ataques de pánico se pueden manifestar de diferentes maneras y ocurren con frecuencia en individuos que sufren trastorno de estrés postraumático. Pueden experimentarse episodios constantes de sensaciones de peligro y/o amenaza, o se puede manifestar también mediante sensación de ahogo, mareos, sudores fríos, temblores, palpitaciones, sensación de pérdida de control y pensamientos de muerte inminente.
- Sentimientos de ira y vergüenza
Hay personas que proyectan en sí mismas emociones autodestructivas. Por ejemplo, pueden sentirse culpables o impotentes por no haber reaccionado y aún peor, pueden sentirse responsables de lo ocurrido. Además, a menudo sienten ira que pueden llegar a reprimir y eso puede afectar a largo plazo.
- Síntomas depresivos
Puede que se experimenten estados de gran agotamiento emocional que aparecen y desaparecen, delineando un trastorno depresivo persistente llamado distimia – una forma de depresión leve pero de larga duración – . Estos síntomas son algo que debe abordarse con un profesional de la salud mental lo antes posible, no solo para evitar que vaya a más, sino también prevenir su aparición en un futuro.
- Hipervigilancia
Una de las características de los traumas no resueltos es el aumento de la vigilancia. Esta realidad es un efecto que se desarrolla del impacto del acontecimiento adverso sobre el sistema nervioso central. La persona que lo sufre vive en estado permanente de alerta, alimentando así constantemente la sensación de que el peligro está siempre acechando y sintiendo que ¡algo malo va a ocurrir!.
- Pesadillas y trastornos del sueño
Tener problemas para dormir, pesadillas, sueño interrumpido, irregular… podría ser una señal de un trauma no resuelto. Las pesadillas son mecanismos que utiliza el cerebro para intentar procesar el trauma. Sin embargo, en una pesadilla, la persona que la sufre revive el suceso doloroso o parte de él, lo que genera aún más agotamiento físico y mental. No es de extrañar que con frecuencia las personas traumatizadas experimenten dificultades asociados a la cantidad y calidad del sueño nocturno. Los ejercicios de respiración y relajación como el mindfulness pueden ser de ayuda en estos casos.
- Cambios en la conducta alimentaria:
Las personas que han experimentado traumas pueden experimentar cambios en su apetito y hábitos alimenticios debido a la compleja interacción entre el estrés emocional y el funcionamiento del sistema gastrointestinal. El estómago, a menudo llamado «nuestro segundo cerebro», juega un papel importante en el procesamiento de las emociones. El estrés y el trauma pueden afectar la microbiota intestinal y la función gastrointestinal, lo que a su vez puede influir en el estado de ánimo, el comportamiento alimentario y la percepción del hambre y la saciedad.
- Baja autoestima:
´Soy un/a inútil´, ´siempre voy a estar igual´… El trauma puede erosionar la autoestima de una persona, llevándola a creer que no merece amor, respeto o éxito. Las experiencias traumáticas pueden socavar la confianza en uno mismo y generar creencias negativas sobre el propio valor y capacidad de avanzar en la vida.
- Comportamiento evitativo
Evitar es otro mecanismo promovido por el miedo y la ansiedad, es una condición que impide tener una buena calidad de vida a quien la padece, que opta por evitar y no afrontar ciertas circunstancias. Esto puede resultar en una sensación de estancamiento en la vida, la cual puede ir acompañada de frustración y sensación constante de fracaso.
- Autoagresión
La autoagresión puede verse en forma de autosabotaje, falta de autocuidado, dificultades para establecer límites, dialogo interno negativo etc. Puede también que desarrollemos una relación más negativa con nosotros mismos ya que puede haber emociones y dolor enquistado.
«El sufrimiento no expresado se transforma en silencio tóxico que envenena el alma.» – Carl Jung
- Dificultades para afrontar los problemas
Si no nos damos el permiso de sanar mediante psicoterapia, corremos el riesgo de que las emociones permanezcan en la superficie y el cerebro muestre alteraciones en sus funciones cognitivas, como dificultad para concentrarse o tener la mente despejada: así, en lugar de analizar con calma los problemas, puede que se reaccionemos de forma impulsiva o que tendamos a evitar por evitar una posible confrontación.
Reconocer y confrontar los eventos dolorosos del pasado, así como los traumas no resueltos, representa el primer paso hacia la curación y el bienestar emocional. Este proceso no solo conlleva beneficios a nivel personal, sino que también fortalece nuestras relaciones interpersonales y nuestra conexión con el entorno que nos rodea.
Es esencial no subestimar el impacto que estos eventos pueden tener en nuestras vidas y en nuestra salud física y mental. Ignorar el dolor del pasado solo prolonga el sufrimiento y limita nuestro potencial para crecer y prosperar.
Con el apoyo adecuado, podemos liberarnos del peso del pasado y construir un futuro más saludable y pleno.
Como sabiamente señaló el psicoterapeuta Peter Levine: «El dolor que no encuentra palabras para ser expresado, se convierte en un cuerpo que busca una voz». Es crucial encontrar esa voz y permitirnos sanar.